Posted: Octubre 30th, 2009 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | No Comments »
Hace poco, una amiga crítica cultural argentina me lanzó una serie de preguntas para ser publicadas en un trabajo suyo, y entre ellas, una que nos enfrenta a una decisión ético-estética y ante la posibilidad de quedarse pateando latas: “¿Es posible separar entre la profesión de crítico y la presentación del libro de un autor perteneciente al staff del diario, editorial o universidad para la que uno trabaja?”.
Hay varios elementos que pueden convertir a una lectura en una loa y uno de ellos es el chantaje: el jefe del periódico (o universidad) donde trabajas –tú eres un escritor en ciernes– publica un cochambroso opúsculo dizque en versos, y te lo pone enfrente para que le hagas la reseña de rigor (¡sí, en su propio medio de comunicación, o en la revista de la universidad que él mismo dirige!). Entonces:
a. Le dices que no puedes porque va contra tus principios, pero que se lo pasarás a uno de tus conocidos (ejem, enemigos), sabiendo que bien pronto te quedarás sin trabajo, pero saboreando la venganza.
b. Le dices que lo harás, pero que opinarás con todo el rigor del que eres capaz (capacidad proporcional a tu “compensación por tiempo de servicios” que se agotará a los dos meses de desempleo).
c. Le dices que “bueno, pues”, y escribes una serie de calificativos inocuos y pareceres gaseosos o, mucho mejor, haces un análisis semiótico de dos poemas, con actantes y secuencias narrativas y cuadros semióticos y hablas del cuerpo-texto y del análisis lacaniano-zizekiano, pero salvas el puesto.
d. Le dices que “por supuesto”, “encantado”, “con todo gusto” y le pasas la franela de la mejor manera posible con todas las esdrújulas utilizables en una loa de falso calibre, y te ascienden a editor.
e. Ninguna de las anteriores.
Me imagino que hay más respuestas y variaciones del mismo tema: el asunto es que la situación anterior no es culpa del escritor-crítico sino del otro individuo que lo pone en una situación incómoda. Algo completamente diferente es que un amigo o amiga, compañera de aventuras y de estudios, co-generacional y co-universitaria, aquella cuyo hombro sirvió de apoyo para tantos llantos, nos pide que presentemos su libro. Leemos el libro y no nos gusta. ¿En la presentación seremos capaces de decirle a nuestra amiga escritora o poeta que se equivocó, que erró esta vez el camino, que se está anquilosando o repitiendo machaconamente?, ¿es posible ser riguroso y no encontrar siquiera un verso digno de ser admirado?
¿Y qué sucede en la situación opuesta cuando un colega que escribe desde nuestra propia opción escritural nos pide que le presentemos un libro? Leemos el texto, y nos sentimos totalmente identificados con el mismo (por supuesto, es la misma opción, es la misma estética, son los mismos elementos), nos parece maravilloso, extraordinario, realmente muy bueno… y seguimos presentando libros de todo el barrio poético sin darnos cuenta que nos ha quedado el talán del coro.
Otra posibilidad que se ha dado en el Perú: el poeta es también un excelente crítico, y un excelente poeta, tiene amigos muy buenos poetas, otros regulares y muchos mediocres, decide que su opción estética es la única válida de su generación, y escribe precisamente un libro para validarla: incluye a tirios y troyanos, pero a la hora del balance, solo incluye a “los suyos” como la “mejor opción escritural de la generación A”. Y entonces, en una vuelta de tuerca digna de un puntero mentiroso, se valida a sí mismo y a su estética como “la opción” poética del canon peruano del Perú (perdonen la tristeza).
Esta kolumna ha sido publicada en Domingo de La República el 25 de octubre de 2009,día del octogésimo quinto cumpleaños de doña Aura Manrique.
Posted: Octubre 18th, 2009 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | 14 Comments »

Afiche de Karen Bernedo.
Yo no he abortado y sin embargo soy una firme defensora de la despenalización del aborto. Por una razón básica: no se puede defender el derecho a la vida en abstracto cuando, por considerarlo un delito, miles de mujeres mueren anualmente por prácticas clandestinas de abortos en las peores condiciones. Yo soy cristiana y, por eso mismo, defiendo la vida misma y no la viabilidad de una célula. No se trata de un derecho al cuerpo, en mi opinión, sino de una defensa de la especie y de las mujeres como sujetos antes que como vientres.
Hace veinte años, y sin haberme casado, salí embarazada en Viena, Austria. Después de quedarnos pasmados mirando el color celeste del reactivo químico, Eduardo y yo nos dimos cuenta de que se confirmaban nuestras sospechas. La dueña de la casa que alquilábamos, Elfriede Svatek, me acompañó al Krankenhaus (no tenía ni una sola amiga que lo hiciera). En el hospital público un joven doctor de la India me preguntó en inglés por la última fecha de mi menstruación. Luego de examinarme me confirmó el embarazo y me preguntó si lo quería tener. “Natürlich” le contesté, un poco indignada por la pregunta, y por la obsecuencia de mi juventud. El doctor me precisó que si quería abortar, necesitaba regresar de inmediato al día siguiente con mis documentos y mi ropa de cama; pero si lo quería tener, entonces, debía regresar en un mes para el segundo chequeo.
Me sorprendió la situación y la poca importancia que le había dado Frau Svatek: una dama setentona típica, abuelita, y sobre quien yo sospechaba cierto disimulado racismo. Ella me explicó que el servicio de salud austriaco era gratuito y que pensara dos veces si quería tener a la criatura. Muchos años después entendí que en Austria ad portas de la caída del muro de Berlín, durante el convulsionado 1989, los hospitales públicos atendían a todo tipo de mujeres, locales o inmigrantes, con papeles o sin papeles, porque la interrupción legal del embarazo era un derecho completamente aceptado. Frau Svatek también me enseñó dónde quedaba la Votivkirche porque ella asistía todos los domingos. Era católica, conservadora, pero reconocía plenamente una política pública que Europa había legalizado muchos años atrás.
¿Por qué no aborté? Yo esperaba a esa hija mucho antes de estar embarazada, con gran curiosidad y mucha irresponsabilidad de mi parte. Veinte años después me doy cuenta de que hubo razones concretas para aceptarla: tenía cierta esperanza económica en el futuro y había terminado mis dos carreras. No pasaba por una angustia mayor, excepto la de encontrarme bastante sola, y lejos de mi país. ¿Qué hubiera sucedido si mi embarazo hubiera sido el resultado de una violación en masa por siete sinchis como el de Giorgina Gamboa?, ¿o el producto de las torturas como el caso de Magdalena Montesa?, ¿o de la violación del propio padre como el de E.M.O., piurana, 16 años?, ¿o si el feto era anencefálico como el tortuoso embarazo de Karen Llantoy? La historia hubiera sido completamente diferente y, en todo caso, la opción por la defensa de la vida palpitante de la madre supera cualquier necesidad de convertirla en depósito de vida.
Es absurdo creer que alguien puede estar “a favor” del aborto. Pero, despenalizarlo es una necesidad urgente para evitar la criminalización de una decisión difícil, terrible, pero que conlleva una responsabilidad de un ser humano libre: nosotras las mujeres. Lo incongruente es que sean hombres célibes quienes, en este acalorado debate, se adueñen de la verdad sobre la maternidad y sus límites.
Esta kolumna salió publicada el domingo 18 de octubre de 2009 en La República.
Posted: Octubre 11th, 2009 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | No Comments »

Extraordinaria versión de Cherman.
“Antes se luchaba desde las canciones por un cambio, ahora se hace lo que se puede”. Eso lo dijo la Negra Sosa hace poco antes de morir. Comenzó a ganarse la vida como empleada doméstica pero su voz portentosa, y su especial dedicación a la canción folklórica argentina, así como a la canción de protesta, le dieron ese sitio especial en el afecto de todos los latinoamericanos que, casi casi, crecimos escuchándola.
No era la argentina típica tipo Valeria Mazza con el pelo negro debajo del platinado al pomo. Al contrario: era gorda, retaca, morena, india. No era tampoco un ser dicharachero: tenía una manera seca de dar entrevistas pero le gustaba ser cariñosa con los allegados: con Charly o con Fito Páez. Definitavamente era una mujer que sabía de la pobreza y de la necesidad y cantaba para remarcar que hay tantos muertos de nuestra felicidad alrededor, y por lo mismo, el arte es también una manera de expresar la indignación y de movilizar sentimientos anclados que ningún discurso racional puede cambiar.
No recuerdo desde cuando escucho a Mercedes Sosa pero si que una amiga argentina con quien ingresé a la universidad en 1980, Claudia Arón, me prestó un casete con su música y me enseñó en la guitarra algunas notas de la “Zamba de la esperanza” que Sosa cantaba con una potencia y una nostalgia espectaculares. Asimismo, recuerdo que en el famoso SICLA de 1986, la Negra Sosa vino a Lima y fuimos tantos los que quisimos entrar al Teatro Municipal, que la cazuela temblaba como un sismo de 8 grados de tanta gente cantando “Gracias a la vida” junto con ella. Yo solo pude ver un pañuelo rojo que agitó por encima de su cabeza. De hecho, en los viejos casetes que me llevé a Cajamarca en 1987, y que oía y oía hasta que sus cintas se entrelazaban y se malograban, llevé varias de “sus” canciones, pero la que más repetía era “quién dijo que todo está perdido/ yo vengo a ofrecer mi corazón”.
¿Qué de especial tenía su voz? No era solo potente, era además cálida y para mí tremendamente familiar, casera, doméstica, no sé cómo explicarlo. Su pronunciación “motosa” del castellano, mezclada con un lejano dejo argentino, le daban a esas letras una particularidad casi inexplicable que nos acercaba a ella con confianza. En la red se pueden encontrar numerosos videos de una Mercedes Sosa bastante joven, de pelo espectacularmente limpio, ataviada de poncho como siempre, cantando con una suavidad extraordinaria canciones de María Elena Walsh. Sosa podía otorgarle suavidad o rabia a esas letras que protestan por la injusticia, pero que también nos reclaman por la vida.
Precisamente ese algo que aprendí durante años terribles, escuchando sus canciones en la más angustiante soledad y tratando de tararearlas, fueron motivos para no romper el hilo de la vida. En esa juventud de crisis, terrorismo y autoritarismo por todos lados, confusión y tragedia, escribiendo en mis diarios las letras de sus canciones, aprendí que es necesario sacar algo afuera, arrancar el desánimo y la podredumbre de “adentro”, derrotar al sarcasmo y la ironía que nos grangrenan, y confiar más en la vida. Confiar más.
“Uno vuelve siempre a los viejos sitios/ donde amó la vida…”
Volveré siempre a Mercedes Sosa, donde amé la vida.
Esta kolumna ha sido publicada el domingo 11 de octubre de 2009 en La República.
Posted: Octubre 9th, 2009 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | 2 Comments »

Mujeres soldados en el Kurdistán.
Mientras nuestros vecinos se alistan a una absurda carrera armamentista y nuestro canciller propone un más que adecuado pacto de no agresión en la ONU para crear un sistema colectivo que garantice la paz en América Latina, y cuando los ánimos se caldean entre el personal de las FFAA ante la obsolescencia de los equipos y material bélico, en medio de todo este animus belligerandi, el IDL y DESCO publican un informe sobre los soldados vulnerables. ¿Soldados vulnerables?, ¿existen? Lamentablemente no todos los soldados peruanos son de élite: hay algunos más vulnerables que otros, y son aquellos que sufren discriminación.
Si bien es cierto que el Servicio Militar Voluntario ha finiquitado con prácticas autoritarias que iban en busca de “tropa” entre los campesinos de la sierra, aún siguen dándose en las Fuerzas Armadas múltiples formas de discriminar debido precisamente a un pensamiento militar que se basa en la “virilidad”. Hoy, luego de años de conflicto armado interno y de un régimen que cooptó a muchos oficiales de las tres armas, las mismas instituciones buscan canales más democráticos de ejercer sus actividades, pero es sumamente difícil desterrar ciertas “maneras de entender el mundo” del personal militar.
En primer lugar está el tema de las jerarquías que, si no se condice con un buen liderazgo, puede convertirse en ejercicios autoritarios del poder a los que estamos, en el Perú, tan lamentablemente acostumbrados. Pero también está el tema de que los ejércitos han sido espacios de hombres solos. Claro que existen historias de mujeres en batalla, solo por mencionar una recordemos a Juana de Arco, pero históricamente los ejércitos han sido espacios de “guerra cuerpo a cuerpo” y, por lo tanto, los soldados, reclutas, marinos y aviadores han sido generalmente varones. Esto ha implicado que los ejércitos sean una “comunidad de varones” –como la jerarquía eclesiástica– cuyas prácticas estaban centradas, precisamente, en mantener ese espíritu de cuerpo a través de lo que algunos denominan “virilidad”.
Por lo menos esto quedó más o menos claro en palabras del Gral. César Huertas el día de la presentación del informe del IDL-DESCO, cuando sostuvo que a pesar de la entrada de las mujeres, las Fuerzas Armadas no iban a dejar de ser viriles, por lo tanto, las damas tenían que adecuarse a esta sensibilidad. No obstante, el vicealmirante Carlos Tubino sostuvo que las mujeres pueden llegar a ser generales, pero dentro de determinadas “armas”, porque no se las puede exponer en unidades de primera línea como la artillería, la caballería o, en el caso de la Marina, en los submarinos, pues “a veces dos submarinistas duermen en la misma litera porque el espacio es demasiado reducido”. Es cierto: una mujer en una comunidad de varones puede producir problemas de este tipo, del día a día, de las prácticas de guerra, pero ¿realmente no está capacitada para ser submarinista o para pelear en primera línea? La comparación es odiosa y hasta quizás faltosa, pero pidiendo las disculpas del caso… ¿si Sendero Luminoso tenía a varias mujeres en la cúpula, como mandos y como combatientes, por qué las mujeres no podrían participar en un ejército regular en primera fila?
Pero aquí sí tengo una pregunta para nosotras, feministas, para las mujeres y los hombres que se preocupan de las mujeres en las FFAA: ¿realmente es un avance que una mujer forme parte de los ejércitos? No lo creo. Quizás soy más pacifista que feminista en el fondo de mi corazón.
Esta kolumna salió publicada en Domingo de La República el 4 de octubre de 2009.
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