Recorte de los beneficios penitenciarios
Posted: Diciembre 11th, 2009 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas |
Uno de los objetivos de la punición es el resarcimiento a la sociedad, pero sobre todo, la rehabilitación del delincuente. Cuando se conoce una cárcel peruana, esta idea parece un mal chiste. ¡¿Cómo esos antros tugurizados podrían rehabilitar a alguien?! Sí es posible, y eso lo creen, lo saben y lo conocen personas tan disímiles como (el otro) Carlos Álvarez, discípulo de Hubert Lanssiers, o la directora del Centro Penitenciario Chorrillos II, Gloria Estrada. Ambos, desde diferentes perspectivas, uno desde los derechos humanos y la religión, la otra desde el INPE y la criminología, están convencidos de que el trato humano a los sentenciados e inculpados permite por lo menos una reflexión profunda, sin odios ni resentimientos, frente a la sentencia que cumplen o tendrán que cumplir.
Por supuesto que también existen aquellos sentenciados e inculpados, cuya rehabilitación o, por lo menos, la posibilidad de reflexión personal y meditación sobre los actos origen de su reclusión, parece más que imposible; o también aquellos que por sobrevivencia pura y precaria, dentro de la cárcel se convierten en lacayos de otros prisioneros o forman “asociaciones ilícitas para delinquir” mucho más refinadas que las previas. Es cierto, existen, pero no son la mayoría. Por eso mismo, las reacciones absurdas de la sociedad al pretender que subiendo las penas o permitiendo la pena de muerte se conseguirán mejores resultados que con el trato humano al sentenciado, son absurdas. Son hipócritas. Son, en buena cuenta, estúpidas. Producto del pánico a tratar de entender las razones del otro. Las prisiones concebidas como tumbas en vida –y que los españoles del siglo XVI llamaban mazmorras– dejaron de tener sentido en el derecho penal contemporáneo. Esta sinrazón tiene varios motivos de origen que se basan en el reconocimiento del prisionero como un ser humano con derechos fundamentales: vivir, pensar, amar.
La semana que pasó Mirko Lauer sostuvo en su columna diaria que en el Perú hay una tolerancia hacia los presos debido, a veces, a una cierta conmiseración de la opinión pública ante quien ha perdido su libertad. Creo que es relativo y básicamente depende del tipo de preso. La opinión pública puede tener concepciones totalmente diferentes si hablamos de Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos o Abimael Guzmán, los tres habitantes más importantes de las cárceles peruanas. La vejez de Fujimori a veces provoca conmiseración, el cinismo de Montesinos desprecio y los libros de Guzmán ataques de pánico. Pero, en términos generales, y sin pensar en estas estrellas del firmamento punitivo peruano, los otros presos y presas son ninguneados, despreciados y sobre todo olvidados, porque es más fácil no pensar en ellos, porque es más simple “congelarlos” en un espacio vacío y flotante. La prensa chicha se escandaliza ante la salida de un grupo de presas para participar en un programa de televisión: ¡a quién le hacen daño! Muy por el contrario, es un estímulo, una posibilidad de entender que la vida todavía vale la pena aún en el encierro. ¿Los colegas periodistas acaso quieren que las presas estén engrilletadas, con “régimen” (reclusión unicelular y salidas a patio de dos horas) y sin la posibilidad de recibir una caricia de sus propios hijos? No, resarcimiento a la sociedad no es venganza, señores. Los leprosorios morales están generalmente fuera de prisión y más cerca de los medios.
Entender que los presos tienen derechos fundamentales no es ser “blando” sino creer que las sanciones no deben ser crueles ni infamantes. La cárcel no es la única ni la mejor forma de hacer cumplir una sentencia social: eso lo han demostrado los ronderos de Cajamarca al incluir dentro de su régimen de administración de justicia castigos que permitían al delincuente o infractor incorporarse a su comunidad lo más rápido posible, después de una sanción ejemplar. Pero en la sociedad Lima-centrada en la que vivimos algunos creen que recortando beneficios van a conseguir propósitos punitivos, cuando, en realidad, solo actúan para el aplauso de las graderías.
Esta kolumna fue publicada en La República el domingo 29 de Noviembre de 2009. La fotografía es de aquí.

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