¿Por qué Vargas Llosa ganó el Nobel?

Publicado: 2010-10-11

¡Por fin ha sucedido! No, no hablo del conteo de los votos, sino del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa: se ha demorado pero ha llegado y con este reconocimiento la Academia Sueca ha evitado otra injusticia como la cometida contra Jorge Luis Borges. Borges y Vargas Llosa han tenido planteamientos políticos que no han gustado a los miembros de la academia –algunos tampoco a sus propios lectores– pero más allá de los disensos, que como decía Alberto Flores Galindo: “también son una forma de aproximarse”, debemos reconocer que ambos son escritores que han planteado nuevos caminos para la literatura latinoamericana. Con Borges se dejó el regionalismo a un lado para entrar con la cara levantada al mundo del cosmopolitismo, de los cuentos fantásticos y de las historias de compadritos y arrabales pero sin ese dejo minusválido de cierto tono costumbrista. Con Vargas Llosa, sobre todo con La casa verde, se rompe con la linealidad de un realismo simplón, para incorporar de una manera muy compleja las rupturas temporales y estructurales, en un relato que no deja de ser a su vez realista. Ese es uno de los grandes logros literarios de Vargas Llosa y ese es el mmotivo por el cual se le ha dado el Premio Nobel que, como es sabido, se otorga por la obra completa. En ese sentido no estoy de acuerdo con aquellos que señalan a Vargas Llosa como un autor "gastado" --hay quienes dicen que el Nobel debieron dárselo en 1972-- porque además, se trata de un escritor de "obra abierta" y no sabemos lo que pueda ir escribiendo después.

A mí personalmente me interesa el Vargas Llosa autobiográfico de las escenas infantiles, adolescentes y de la primera juventud de El pez en el agua porque, en primer lugar, trasunta una sinceridad casi bochornosa para el lector y más aún para la lectora –que siempre es un fisgón o fisgona por antonomasia– porque nos muestra ese terrible mundo de aprendizaje de la masculinidad en una Lima pacata, púdica y de doble moral de los años 50. Por supuesto que discrepo de varios de sus ensayos, sobre todo de La utopía arcaica, pues considero que no llega a entender el “delirio” de Arguedas en su viaje detrás de lo utópico, y también discrepo de su hartazgo por esa nueva “concepción antropológica de la cultura” porque percibo que Vargas Llosa sigue tercamente en el espacio de la cultura como “enaltecedora del alma” cuando, en realidad, la cultura que nos muestra la antropología nos permite  percibir las conductas como amplias y creativas interpretaciones, y no solo como seguimiento de códigos.

Pero incluso sus más dilectos detractores dentro del campo de lo literario –Julio Ortega, entre otros– no dejan de reconocer que Vargas Llosa es una presencia rotunda en la tradición de la novela latinoamericana y que nos ha permitido a muchos lectores de los 70, 80 y 90 entender el regocijo de la ficción (de hecho, leí La ciudad y los perros a los 14 años y junto con García Márquez marcaron mi vocación como la de tantos y tantas). Precisamente hoy, que escribo estas líneas desde Toronto, donde nos hemos juntado esa subespecie llamada “latinoamericanistas”, escuchó que Vargas Llosa ha sido también una figura singular para otros profesionales. En la presentación del libro La iniciación de la política, editado por Alberto Vergara y Carlos Meléndez, Vergara recuerda el “aire fresco” que le dio Vargas Llosa a la política peruana a mediados de los año 90 oponiéndose a Fujimori desde una perspectiva liberal, y Jorge Valladares, otro de los nombrados en el libro, recordó que conoció a Vergara en una clase de derecho constitucional y a propósito de la discusión de una cita de Vargas Llosa.

Vargas Llosa es, sin duda, una inspiración y esperamos que, así como García Márquez en Colombia, pueda dejar una huella viva y palpitante también en la escena de la justicia, la reparación y la defensa de las memorias.

Esta kolumna fue publicada en La República el domingo 10 de octubre de 2010.