QEPD Wilindoro Cacique

mesa de diálogo de espinar: el machinario en pleno. 

Mesa de diálogo del club de Tobi

Las voces de las mujeres no son escuchadas en las conversaciones para resolver los conflictos socioambientales, ni por el Estado ni por sus propios co-comuneros

Publicado: 2016-12-20

Ahora que los sectores más conservadores, ignorantes y cerriles están (des)calificando la perspectiva de género —una visión académica para luchar por la equidad entre hombres y mujeres— como “ideología de género” para intentar administrar su biopoder, creo que debemos de llamar la atención para “feminizar” las mesas de diálogo, generalmente, manejadas solo por varones. En efecto, sean ministros o líderes indígenas o asesores o mediadores, los asistentes a las mesas de diálogo son en su mayoría hombres y no necesariamente los impactos de los conflictos sociales o de los mismos proyectos extractivos tienen consecuencias en los varones sino en las mujeres. 

Como lo han sostenido innumerables informes, tanto de OXFAM, AWID o de la CIDH, son las mujeres quienes buscan justicia en las situaciones postconflicto, pero son ellas también las que acarrean el agua y las que, muchas veces, deben asumir las labores agropecuarias del marido cuando este es contratado por la empresa. Son las mujeres las que cuidan a los hijos que se enferman por contaminación o las que deben de conocer los riesgos que implica acceder a una fuente de agua con índices de plomo o mercurio. Por eso es sumamente importante que las mujeres digan en voz alta qué situaciones atraviesan cuando se producen conflictos sociales y de qué manera un acuerdo puede ser más sostenible y productivo dentro de sus perspectivas.

La foto final de la exitosa mesa de diálogo de Saramurillo, un sincero intento de parte del gobierno de PPK, así como de los propios dirigentes de las llamadas Cuatro Cuencas para llegar a una salida sin violencia, es un ejemplo de esta mayoría de Tobi en los espacios donde verdaderamente se toman decisiones. Todos varones. Lo mismo sucede con la famosa foto de la mesa de diálogo de Espinar (¿recuerdan a Pulgar Vidal, con Alberto Tejada, levantando la mano de Óscar Mollohuanca?) o con la de Conga (la foto de los sacerdotes Gastón Garatea, el Obispo de Trujillo, el congresista Rimanachín, Ydelso Hernández, entre otros caballeros). Las mujeres brillan por su ausencia en todos estos espacios y, en realidad, sus opiniones son invalorables para la sostenibilidad del acuerdo.

Es cierto, en este caso de Saramurillo la ministra Marisol Pérez Tello estuvo en la reunión anterior y Carmen Arévalo, abogada de la Vicaría de Loreto, ha sido una de las facilitadoras. Probablemente hubo muchas mujeres en la segunda fila. Pero en términos generales hablamos de múltiples dificultades para la participación de mujeres líderes y no líderes. Ni siquiera hay una participación del 20% de mujeres en las mesas de diálogo. Aunque sean ellas las que sirven el masato o la comida, o quienes intentan escuchar desde espacios alejados y arrinconados, sería mucho más accesible si en las mesas de diálogo se tuviera en cuenta un espacio para dejar a los niños o si pudieran participar dando de lactar a sus pequeños o si realmente los dirigentes tuvieran en cuenta sus necesidades específicas como madres de familia y cuidadoras de la comunidad.

Esta columna ha sido publicada en La República el día de hoy. 


Escrito por

Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva-Santisteban Manrique (Lima, 1963) Escritora, profesora, activista en derechos humanos y políticamente zurda.


Publicado en

Kolumna Okupa

Artículos, kolumnas, reseñas de libros, poesía y reflexiones varias de Rocío Silva Santisteban.