Manchakuypi Kay

encontré a dios, ella es negra. 

El género y Dios

Publicado: 2017-01-18

Cuando los conservadores se refieren al género como una ideología, no lo asumen como una estructura de pensamiento, o como un conjunto de valores, es decir, una ideología (Hobsbawm, Althusser, Eagleton, Zizek, Van Dijk y otros estudiosos de las ideologías), lo que pretenden es simplemente descalificarlo. Para los conservadores “ideología” es una “falsa conciencia” o manera errada de interpretar la realidad. Nuestro deber es negar con contundencia esta falacia: el enfoque de género es una manera de entender el mundo desde una visión crítica a las inequidades entre hombres y mujeres.  

El género es simplemente la construcción cultural de la diferencia sexual: un marco teórico que nos permite entender que lo masculino y femenino están signados por la cultura y el tiempo-histórico. No niega al cuerpo, al contrario: nos permite entender que el cuerpo es soma (lo dado) y sema (lo significado) a su vez. Personalmente considero que el cuerpo es el núcleo duro de la identidad de género: pero no es solo una masa de órganos cubiertos de piel, sino que se realiza en las prácticas en las cuales lo inscribimos a diario. No es una simple voluntad sino un entramada de significaciones y actuaciones que nos enmarcan sobre el deber ser femenino o masculino y que, nosotros y nosotras, podemos afirmar, traslapar, deformar o resistir. Pensar que el género es una forma de entender lo corporal como construcción pura y como re-organización del sexo a voluntad es algo completamente absurdo.

Las propuestas de las teóricas del género como Rubin, Scott o Butler jamás han sido esquemáticas. La antropóloga Gayle Rubin (1976) acuñó el concepto género (gender) para responder por la sujeción de la mujer. Su respuesta se sustenta en los estudios del antropólogo Levi-Strauss sobre la familia patrilineal y sobre dos de los elementos fundamentales de toda sociedad: el tabú del incesto y el intercambio de mujeres sobre las cuales se instituye ese tabú. Joan Scott (1986) propone al género como una categoría útil para el análisis histórico en una época en que la arqueología del saber femenino resultaba urgente. Para Scott el género es la organización social de la diferencia sexual. El problema no es la diferencia sino la inequidad de sistemas de pensamiento que avalan la subordinación de “lo femenino”.

Judith Butler (1990) cuestiona la percepción binaria del género e introduce una idea muy poderosa que hace aterrorizar a los conservadores: el género se actúa (performance) día a día en nuestra vida cotidiana y no necesariamente responde a las categorías fijas y modélicas sino que, en ese entramado complejo de biología, pensamiento, acción, libertad y también “deber ser”, se forma y se transforma. Uno de los grandes aportes de Butler es la profundización del concepto de “lo forcluido”, es decir, aquello que es considerado aterrador en la indeterminación del género y motivo por el cual muchos homofóbicos asesinan. Lo “forcluido” es lo que se pone fuera del ámbito social por pánico, por miedo, y para poder constituir los determinantes tradicionales del género (masculino/femenino).

Aquello que no-es-masculino-ni-es-femenino produce ansiedad. Y sin embargo, desde el inicio de los tiempos, hay muchas significaciones que pueden ubicarse en este interregno, incluyendo la noción de Dios.


Esta columna ha sido publicada el día 17 de enero en La República. 


Escrito por

Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva-Santisteban Manrique (Lima, 1963) Escritora, profesora, activista en derechos humanos y políticamente zurda.


Publicado en

Kolumna Okupa

Artículos, kolumnas, reseñas de libros, poesía y reflexiones varias de Rocío Silva Santisteban.