la furia naranja de Chávarry

A un paso de la caza de brujas

El Poder Judicial dispone que el Ministerio de Educación no enseñe que lo femenino y masculino es producto de las interacciones culturales.

Publicado: 2018-03-13

La religión es el opio del pueblo. Desde que tenía 12 años y leí esta frase en un libro escondido en la biblioteca de mi padre me sentí perturbada. ¿Acaso Cristo no había muerto en la cruz por el pueblo? No entendía a esa edad que la jerarquía eclesiástica, construida por hombres non santos a lo largo de los siglos, no solo invisibilizó el diaconado femenino y redujo la presencia de las mujeres al silencio (“Mulier, non novi illum”), sino que construyó un castillo de oprobio, torturando y matando al pueblo, con el nombre de Dios entre los labios jadeantes de soberbia.

Muchas veces los jerarcas religiosos, peor en teocracias, utilizan la devoción para manipular y discriminar a las mujeres; para imponer una manera unívoca de entender la relación con Dios que, además, ¡es mediada por ellos! Ellos son los que dictan las normas religiosas; los que las administran: los otros y las otras obedecen.

La jerarquía católica durante muchos años, quizás hasta antes de Juan XXIII, intentó controlar el conocimiento. El caso de Galileo es paradigmático pero, insisto, ese interés ha permanecido de forma sutil hasta épocas recientes. Lutero, que tuvo en sus manos la liberación de una exégesis bíblica obligatoria, hoy sentiría vergüenza ante las propuestas de ministros evangélicos recalcitrantes, más cercanos a Torquemada que a sus enseñanzas. Si la iglesia católica tuvo su revolución con el Concilio Vaticano II; las otras iglesias que se han ramificado del luteranismo han tenido su contra-reforma en los albores de este nuevo milenio.

Y eso está sucediendo en América Latina con los representantes de sectores evangélicos retrógrados que pretenden tapar el conocimiento con un dedo diabólico de oscuridad y tinieblas. Por esta razón obtusa el año pasado en Brasil, la extraordinaria filósofa y feminista Judith Butler, fue objeto de un acoso vergonzoso, incluso se le persiguió hasta el aeropuerto como si fuera una bruja moderna. El pánico a sus enseñanzas sobre el género surgió por el miedo a que, pensar en libertad, “homosexualice” a los brasileños. Ridículo.

Este año la Primera Sala Civil de la Corte de Justicia de Lima, en otro documento para cercenar los derechos de los peruanos y peruanas, ha dado una medida cautelar para que el MINEDU deje de usar el “femenino y masculino” como producto de las interacciones culturales y sociales en lugar de una consecuencia pura del sexo biológico. No se enseña que el varón no sea hombre ni que la hembra no sea mujer: se sostiene que lo femenino y lo masculino son producto de cada cultura. ¡Eso lo planteó Claude Levi Strauss en 1949 para todos los roles sociales! En nuestro país el oscurantismo tiene acciones de amparo de la mano de los promotores de #ConMisHijosNoTeMetas. El Poder Judicial, a través de esos jueces, ha decidido que los peruanos y peruanas ignoremos el conocimiento.

El pánico a la homosexualidad —lo que dice Butler, el intento de forcluirla de todo debate posible— fortalece la discriminación contra todas aquellas personas que no son heterosexuales. La homofobia mata, señores jueces. Y la ignorancia alimenta la homofobia. La única forma de parar la violencia contra las mujeres y contra lo concebido como “femenino” en los varones, ese odio al homosexual, es educando a los niños y niñas en género y derechos humanos para que los reclamen y para que los respeten.

Esta kolumna ha sido publica hoy en La República.


Escrito por

Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva-Santisteban Manrique (Lima, 1963) Escritora, profesora, activista en derechos humanos y políticamente zurda.


Publicado en

Kolumna Okupa

Artículos, kolumnas, reseñas de libros, poesía y reflexiones varias de Rocío Silva Santisteban.