Ojo con el proceso disciplinario

Gravedad

Comentario leído en la presentación en Lima del libro de la poesía reunida de Mariela Dreyfus

Publicado: 2018-05-24


1. … Pero soy un hombre / que nadie se atreve/ a profanar mis reinos

En los duros años 80, Mariela Dreyfus era la asistente de cátedra del gran profesor Francisco Carrillo, quien nos enseñaba Literatura Inglesa en la UNMSM. Mariela como profesora era diligente y metódica, además enseñaba inglés en la Pre- de la U de Lima y, en ese mismo instante, militante del Movimiento Kloaka que marcó una etapa en esos años. En los pasillos de San Marcos, las jóvenes de entonces, leíamos el pequeño y bello libro, editado por Orellana & Orellana, con unas pinceladas de Lorenzo Osores en la carátula que graficaban a una mujer desnuda. Era Electra, precisamente quien le da nombre a ese primer libro de poesía, en el cual el amor, el erotismo, la libertad, la muerte, el miedo, la pesadumbre de la vida se convierten en poemas escritos entre los 20 y 22 años de edad, como reza la inscripción final.

En ese entonces somos varias mujeres las que escribimos poesía, a escondidas, o publicándola. Una poesía que nacía de la necesidad urgente de decir una palabra diferente. Es así que, coincidiendo en recitales y en bares, vamos poco a poco, convirtiéndonos en “una generación” pero lo más importante y, a pesar de todo, en amigas. Con todo lo que este sustantivo tiene como preludio y como coda.

2. ¿En qué rincón de sombra te asaltará de nuevo/ esa marea ciega de gritos, insultos, maldiciones? // Arden en mi pupila, otra vez/ la inocencia convertida en cuchillo; la ternura/ en asfixia; el deseo en chacal…

Huir de esa Lima en caos, pero sobre todo, escapar hacia la búsqueda del conocimiento. Dejar lo conocido, la familia, la madre, el padre y toda la historia acumulada por saltar hacia la modernidad, el orbe, lo cosmopolita. El viaje a estudiar el doctorado en Columbia University y vivir poco a poco la experiencia neoyorquina que, se convierte, en una ciudad para amar y odiar al igual que Lima. Ya lo decía Blanca Varela: “no sé si te amo o te aborrezco…” y ese objeto amoroso es también la ciudad del espejismo que se deja, de la utopía que se encuentra. Lima y Nueva York. La experiencia de una universidad del primer mundo con sus bibliotecas y sus profesores como Jean Franco. Pero también el primer embarazo, los amigos de la Casita Pánica (Casa Hispánica) y las solidaridades múltiples entre otros y otras estudiantes del doctorado.

3. “Toda comunicación entre Usted y yo/ ha sido bloqueada. Sin embargo…”

La experiencia de la universidad y de sumergirse en una obra tan compleja y en dos idiomas como la de César Moro, para la redacción de la tesis (PhD dissertation) debe haber sido una experiencia que suple esas ausencias y las dificultades múltiples de los latinoamericanos emigrados que, a pesar de todo, extrañan esa tierra que se deja. La búsqueda del primer empleo lanza a Mariela Dreyfus al Deep South, Auburn, Alabama, un contraste brutal con la gran urbe pero un espacio de otros encuentros: la delicadeza del paisaje, de la naturaleza plena y a veces hasta exagerada, pero también es ahí donde “se pierde el amor entre los pinos” y donde surge un libro de excesivo equilibrio: Onix.

La noche cobra protagonismo y los “cocuyos” —hasta ahora recuerdo que por esa palabra discutí con Mariela— pueblan las páginas de una poesía que por ratos susurra y en otros ratos grita de indignación (“Siempre seré tu mujer. / No hay sumisión en esta entrega. // Las caderas que dócilmente se curvan/ son mías y no…”). Entre los sueños y los poemas que emulan a Teresa de Jesús o recuerdan a Eleonora Carrigton van sucediéndose apaciblemente las noches y los días de una profesora que no es seducida por el sur. Entonces, el regreso a Nueva York.

4. “Nueve las horas nueve el calendario/ nueve meses y aún once los días// nueve llamadas nueve interferencias/ nueve nubes con nueve esquiarlas dentro// nueve ventanas nueve elevadores/ nueve sombras saltando nueve pisos”.

Es así que el embarazo del segundo hijo, Martín, coincide con uno de los actos que ha marcado la historia del gigante del norte: el 11 de setiembre de 2001 y la caída de las dos torres como dos ídolos con pies de barro. Yo estuve ahí a los pocos días, fuimos a caminar con Sol por Wall St y la zona del Ground Zero —que estaba cerrado— y un mes después aún seguía oliendo a quemado. “Pez”, el cuarto libro de poesía de Mariela Dreyfus, es el resultado de la necesidad de poetizar la violencia y sacarla hacia afuera de la matriz: un re-encuentro durísimo con una ciudad que, igual que Lima nuevamente, es acosada por el pánico a lo inesperado y el terror. Por el caos que se instala como delicada paranoia entre sus habitantes. Por eso la expresividad poética se vuelve urgencia: “Agua agua que se desliza brota de mi interior y se derrama// Huele a materia humana al miasma mineral que ha de traerte aquí a mí dormido despierto…”

5. “Romper las reglas, digo, rebelarse./ En contra de la muerte y sus designios…”

Si Pez es el contraste entre destrucción y nacimiento; Morir es una arte, el libro que evoca el verso de nuestra querida y siempre citada Sylvia Plath (“Padre Rimbaud Madre Sylvia Plath”) es el encuentro cara a cara con la muerte. No es una búsqueda abstracta y filosófica a la manera de Cioran sobre la muerte propia sino sobre la muerte de quien nos ha dado la vida: la muerte de la madre. La poesía, de alguna manera, sirve como ilusión de eternidad propia, pero en el remanso de las penurias del duelo, es sin duda, la gran salvífica porque… si yo sola no me cicatrizo, ¿quién me sanará?

6. Gravedad

Al final del libro hay un viaje de regreso por las historias de los jóvenes de Lince que fuman yerba en un viejo Taunus, “Siena David Gonzalo Pomar Alberto Roy y yo firmamos un pacto nos amamos”, y los versos prístinos de Moro (“es inútil tu fuerza para ahuyentarme”). De nuevo el regreso a la Plaza Manco Cápac, al Jirón Lampa, a los óleos de Humareda; al agua fría, el lexotan delirante, acompasado con la música de Eric Satie. El lenguaje del equilibrio perfecto (Onix) se hace a un lado para abrirle paso a lo encabritado del encabalgamiento: dominar a esa yegua de la noche que es la poesía atizando el trotar de las letras hasta perder la GRAVEDAD y flotar en un ir y venir de la experiencia que retorna siempre: “porque las palabras deben tener olor a pólvora”.

Gracias

Lima, 10 de agosto de 2017


Escrito por

Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva-Santisteban Manrique (Lima, 1963) Escritora, profesora, activista en derechos humanos y políticamente zurda.


Publicado en

Kolumna Okupa

Artículos, kolumnas, reseñas de libros, poesía y reflexiones varias de Rocío Silva Santisteban.