Posted: Marzo 15th, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | No Comments »
Todos los peruanos sabemos que una de las metas de Vladimiro Montesinos fue “fidelizar” la línea política de los canales de televisión con la colocación de, primero, más de 80 millones de soles de avisaje gubernamental (sobre todo en Canal 4) y luego, en 1998, con el dinero que decide dar en directo y sin escalas (necesitaba no solo una línea política favorable sino deshacerse de aquellos periodistas que le eran incómodos). El pago directo a los dueños de los canales no tiene la sofisticación de las negociaciones judiciales que propone Montesinos a los empresarios que visitaron la sala del SIN (Romero o Luksic). “En el caso de los propietarios de los medios de comunicación –dice Antonio Zapata– el elemento dominante está constituido por los fajos en efectivo y las imborrables escenas de grandes señores guardando sobornos en maletines y bolsas”.

Genial versión de Carlín de la famosa escena.
Efectivamente, las escenas más delirantemente plásticas de los videos de Montesinos son, quizás, las de la corrupción de José Francisco y José Enrique Crousillat. El video del 26 de febrero de 1999 empieza con una toma de la sala del SIN en la cual están sentados padre e hijo Crousillat y Montesinos, con terno oscuro, frente a dos rumas de medio metro de billetes en dólares. Los tres hablan de temas banales (los relojes Rolex, las fotos que han querido tomarle a Montesinos) cuando empiezan a criticar a la revista Caretas y algunos de sus periodistas de manera sumamente vulgar: “¡Puta madre, gordo cabrón es ése! (por Enrique Zileri, su director) o “Ese [Fernando Vivas] es un miserable… Ese es un maricón”. De pronto, cambia la toma a una segunda cámara, los tres personajes se ríen a carcajadas, entonces Montesinos dice: “vamos metiendo” y empieza a guardar el dinero en un maletín. Ambos, padre e hijo, se miran mutuamente y asienten. En ese preciso momento, José Francisco, el hijo, le comenta a Montesinos sobre la forma cómo merman algunos dirigentes del club deportivo Alianza Lima, acondicionando espacios poco higiénicos para la sección de odontología del club. Y el papá apostilla al hijo: “son ladrones” y Montesinos sinvergüenzamente asiente: “se roban todo”, a lo que José Enrique Crousillat contesta: “Se roban todo, son unos dirigentes de cuarta”.
En esta escena hay dos conglomerados de sentido que no coinciden: por un lado las imágenes de los billetes puestos en rumas altas sobre una mesa de madera, billetes dirigidos a corromper a los supuestamente respetables señorones, el gesto de Montesinos de guardarlos él mismo en el maletín, y por otro lado los otrora hombres fuertes de América Televisión sosteniendo una conversación esquizofrénica sobre la corrupción al menudeo de dirigentes deportivos, irguiéndose en jueces morales del resto cuando, en primera plana, se encuentra la evidencia más contundente de su propia tachadura moral y de su crimen. “Los pendejos convertidos en esclavos del Amo mayor” como podría decir Juan Carlos Ubilluz, actúan como si su mal no infligiera daño a nadie; por el contrario, como si se tratara de un ¡¡beneficio a los intereses de la nación!!
Lo que hoy está sucediendo es la continuación de esta escena: estamos en manos de esquizofrénicos, que “no saben lo que hacen”, los “sorprenden”, pero todos, ellos y nosotros, sabemos que no es cierto. Las máscaras caen y aparecen otras y otras: ¿no será que nosotros como ciudadanos, votando por el mal menor, caemos también en la debilidad mental y moral?
Esta kolumna fue publicada el domingo 14 de marzo de 2010 en La República.
Posted: Marzo 4th, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Artículos | No Comments »

Durante muchos años una foto de este cuadro de Piero Quijano estuvo en una de las estanterías de mi caótica biblioteca. No sé cómo la conseguí, creo que la robé del archivo de Somos cuando estuve trabajando ahí, la encaleté, porque era una foto chiquita, y la coloqué delante de los lomos de los libros para que me inspire. No sé por qué esa foto, con esos tonos violetas y esos blancos alilados, me daba la extraña sensación de que me representaba. Quizás la mujer echada en esa posición, que yo imaginaba que leía un libro sobre la almohada (aunque en realidad está posando de una manera ligeramente burdelera), y la ventana arriba como un horizonte lejano, me daban la sensación de enclaustramiento que viví durante parte de los años 80, cuando publiqué mi primer libro de poesía. Yo me sentía esa mujer ahí sobre el camastro blanco. Leyendo, escuchando música de la vieja rockola, deshaciendo el tiempo que a veces pesa más que el plomo derretido.Conocí a Piero Quijano hace siglos, cuando tenía su estudio en un viejo edificio frente al Campo de Marte, y siempre me inhibió un poco porque yo nunca había conocido a un pintor de verdad (bueno, en realidad, había conocido a otros pero eran amigos de mi padre, y eso no se vale). En esa época, creo que Piero había regresado de Brasil, no lo recuerdo con exactitud, pero tenía un montón de recortes de periódicos brasileros frente a un atril con manchas de pintura por todos lados. Usaba las fotos para recrearlas con esos colores poderosos, añiles, azules, violetas, verdes. Esa mezcla del verde y el violeta me parecía, y me parece, extraordinariamente poderosa. Daba la impresión que Piero vivía obsesionado con los años 50: el jazz, las putas echadas en esos catres blancos, los carros de modelos tan antiguos como los que se pasean por las calles de La Habana, los camiones-carcocha, las rockolas. Nadie mejor que él podía ilustrar por ejemplo un libro como
Los Inocentes, de
Oswaldo Reynoso, porque de hecho por sus venas fluía esa angustia de finales de la posguerra (mundial) que llegó con un rezago de melancolía a nuestras costas. El inicio del cuento
Cara de Angel es casi una descripción de un cuadro de Quijano: “El semáforo es caramelo de menta:exquisitamenta. Ahora, rojo:bola de billar suspendida en el aire. El sol, violento y salvaje, se derrama, sobre el asfalto, en lluvia dorada de polvo.”
Piero Quijano, hoy, incluso en sus caricaturas –que firma discretamente como pq o como Martín Ikeda– ha podido mantener una línea, un estilo que mezcla discreción, ironía, ludismo y ciertos trazos aparentemente infantiles, para conseguir un gesto inusual en el lector/espectador: reflexión después de la sonrisa de medio lado.
Piero Quijano está exponiendo en la Galería de Titi Guiulfo, Jr. Arica 175, Chorrillos. Señoras y señores, niños y niñitas, aprovechen, miren y sobre todo, compren…

Extraña imagen de satélite lunar: Quijano con otros colores.
Posted: Marzo 3rd, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Artículos | 2 Comments »
Uno de los temas que salió a flote después del terremoto de México en 1985 fue la corrupción de funcionarios públicos y empresas inmobiliarias que no respetaron los protocolos de construcción en el D.F. Mucha gente murió debajo de esos edificios que, siendo recién construidos, colapsaron por completo. Entre los desaparecidos bajo los escombros se encontraba una excelente abogada y profesora universitaria peruana, quien me enseñó Derechos Reales en la universidad, y a quien recuerdo con mucha admiración y cariño: Lucrecia Maisch von Humboldt.
El terremoto de Chile ha puesto nuevamente sobre la mesa el tema de las construcciones de lujo que se vienen abajo con un terremoto.El condominio Alto Río de las fotos de abajo se vendía como uno seguro, moderno, equilibrado y bello. Se derrumbó por completo.


Hoy Lima, sobre todo distritos como Miraflores, San Isidro, Magdalena, Jesús María, Pueblo Libre, Los Olivos, entre otros, están construyendo edificios de viviendas inmensos, altos, y no sabemos si lo suficientemente seguros. Confiamos en que las construcciones sean sólidas y antisísmicas, pero ¿realmente lo son?, ¿no habrá un funcionario que, al igual que Juan Ignacio Ortigosa de la inmobiliaria Secobil y miembrode la Cámara de Construcción de Concepción, renuncié por vergüenza de lo que sucedió con su mejor proyecto?
Cuidado: no es un tema solo de suelos o de destrucción del patrimonio: estamos hablando de hombres, mujeres y niños, cuyos cadáveres aún se encuentran debajo de los fierros retorcidos de un desastrozo edificio mal construido.
Posted: Marzo 1st, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | Tags: video | No Comments »
Video realizado en La Habana por la bloguera Yoani Sánchez: entrevista a la madre de Orlando Zapata.
Justamente cuando José Ignacio “Lula” da Silva y Hugo Chávez aterrizaban en La Habana, estalla en la isla el caso de un preso que ha muerto por una prolongada huelga de hambre. Orlando Zapata Tamayo tenía 42 años y 83 días sin probar comida sólida cuando su cuerpo no resistió más y murió en un hospital de La Habana, adonde lo habían trasladado desde Camagüey (ahí lo estuvieron alimentado por vía intravenosa). Zapata había sido capturado en el año 2003 y sentenciado a tres años de prisión por desacato, desorden público y desobediencia, aunque posteriormente en prisión y por “indisciplina” fue acumulando condenas hasta llegar a 30 años. Zapata ha sido considerado por Amnistía Internacional como un preso de conciencia.
Algunas versiones desde la isla sostienen que Orlando Zapata, quien era albañil y afrocubano, apenas era un preso común que “entraba y salía de prisión” y que por su condición había sido “utilizado” por la contra-revolución como chivo expiatorio. Sostiene Enrique Ubiera de Cubadebate lo siguiente: “Transformado después de muchas idas y venidas a prisión en ‘activista político’, Zapata fue el candidato perfecto para la autoejecución”. Obviamente este último sustantivo tiene reminiscencias de la tristemente célebre “autotortura” de Leonor La Rosa anunciada así por Martha Chávez. Además agregan que la bloguera Yoani Sánchez, así como otros disidentes, estarían “utilizando su cadáver” como buitres y que en realidad quienes lo han matado no son los dirigentes del gobierno, ni las condiciones ignominiosas de prisión, sino los propios contrarevolucionarios con sus juegos de poder.
Así como la versión de Leonor La Rosa fue enrevesada y no del todo transparente, no dudo que la historia de Orlando Zapata sea laberíntica y esconda algo, pero la versión de los hechos proclamando a Zapata como un “cadáver útil” desde la isla y sus representantes oficiosos –más que oficiales– es, de por sí, absolutamente cínica. Repulsivamente cínica. Y creo que es un deber de cualquier persona comprometida mínimamente con los derechos humanos dejar constancia que un preso de conciencia internacional ha muerto en Cuba por mantener su voluntad de seguir una huelga de hambre hasta las últimas consecuencias.
De la misma manera como Margaret Thatcher dejó morir a Bobby Sands, el activista del IRA tras 66 días de huelga de hambre; Raúl Castro ha hecho lo propio con Zapata, quien –como dice el poeta Heriberto Hernández– no es ni poeta, ni político respetable, ni ex miembro de ningún congreso, ni cámara, ni camarilla, sino un obrero, negro, pobre entre los pobres, de hecho con educación y salud gratuitas y seguras de por vida, pero sin la posibilidad de poder hablar sino a través de su cuerpo. Lo único que le pertenecía era precisamente ese cuerpo de albañil y plomero, y una voluntad férrea para llevar a cabo una “huelga de hambre de verdad”. Como dueño de su propio cuerpo lo convirtió en símbolo para atravesar todas las censuras y no ha sido sino a través de la muerte de ese cuerpo que el hombre, Zapata, ocupó su lugar. Hablar de “autoejecución” es realmente indignante: la muerte como posibilidad de “nombrar” –de convertirte en símbolo para “hablar”– es perversa siempre, sobre todo, cuando se dicen discursos de un lado y otro, de la revolución y la contrarevolución, con el cadáver de un disidente de conciencia de por medio.
Esta kolumna ha sido publicada el domingo 28 de febrero de 2010.
Posted: Febrero 28th, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Artículos | Tags: video | 1 Comment »
Durante el terremoto de 8,8 grados en escala de Richter que se dio ayer en la costa central de Chile, algunas personas han capturado imágenes de luces como relámpagos que han alumbrado el cielo (como el resplandor de la aurora boreal dicen algunos). Recuerdo que durante el terremoto de Pisco del 2007 también pude ver luces en el cielo desde la zona donde me encontraba –en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya en Pueblo Libre– y, al principio, pensé eran de un poste de luz que caía, pero que al pasar de los días, muchas otras personas también habían visto desde diferentes lugares de Lima.
Aquí adjunto dos videos, uno tomado por un grupo de camarógrafos que iban al Estado Monumental durante los precisos momentos del terremoto del 2007, y se ve el cielo de Lima desde la avenida Javier Prado iluminado por esos fulgores. A su vez, varios videoaficionados que estaban grabando el terremoto de Chile, han podido captar las mismas luces.

Al parecer el fenómeno tiene una explicación científica vinculada con liberación de energía desde la tierra que “ionizan” la atmósfera en forma de luz. En todo caso, es un fenómeno que se ha sido visto desde terremotos durante la antigua Grecia y que se ha considerado como un mito, hasta que se pudieron tomar fotos de estas luces durante un terremoto en el Japón en septiembre de 1966. Aún ahora, muchos científicos se resisten a darle una explicación a pesar de la evidencia que se encuentran en estas imágenes. Uno de los que está analizando el tema es Sean Palmer, historiador literario que también ha investigado sobre temas de nuevas tecnologías, desde una página de título ciertamente extraño, Anomalías lumínicas de la Tierra, y que ha recogido información y data bastante objetiva sobre el asunto.
Se trata sin duda de un fenómeno a ser tomado en cuenta desde la perspectiva del calentamiento global y las nuevas manifestaciones sísmicas. En todo caso, esas imágenes apocalípticas biblicas quizás tienen una ligerísima base científica. Aunque, como me fastidiaba mi amigo Victor Vich después del terremoto de Pisco, “¿también escuchaste trompetas?”.
Aún no: pero no me digan que los terremotos no suenan. Y suenan feo.
Posted: Febrero 26th, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Uncategorized | Tags: video | No Comments »
Unos días es pérfido / y otros días es boscoso y fogoso… SaraVan
En el Cocodrilo Verde –pésima acústica– se presentó hoy en la noche una chica peruana que vive desde los 12 años en Madrid y que posee una voz y energía que electrizan: Saravan. Migrante, desafiante, juguetona, tiene una voz potente que cuando canta, parece de un arrabal porteño, como si estuviera acariciando un potro chúcaro, y sus canciones tienen mucho de su autobiografía que es dura aunque siempre matizada con una ironía, sale adelante pues se trata de una mujer que no se victimiza.
Altamente recomendable: se presentará en La Noche el 4 de marzo.
Posted: Febrero 23rd, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | No Comments »

Mitín en plaza 2 de mayo (Foto Giancarlo Tejeda).
Hay quien dice que las elecciones destruyen a la izquierda. Obviamente no se trata necesariamente de los maoístas de antaño que consideraban a todos los que no comulgaban con el “correcto camino del proletariado” como unos oportunistas electoreros, infantiles y revisionistas. No, al contrario. Me refiero a aquellos que sostienen que cuando se viene una elección –y todo el mundo de nuevo y a acomodarse– se producen problemas de matiz que finalmente fragmentan a la precaria izquierda peruana. ¿Por qué si las propuestas de corrección del modelo neoliberal que comulgan con una mística de justicia social y redistributiva son, en el fondo, muy parecidas unas a otras?, ¿por qué no cabe la posibilidad de un espacio –no sé si frente, acuerdo, polo, movimiento, o lo que quieran llamarle– que aglutine no solo por cálculos electorales, sino precisamente, por ideas comunes?, ¿qué ofrecerles a todos los jóvenes que no tienen ni la menor idea de lo que fue Izquierda Unida ni se acuerdan haber tomado vasos de leche en nombre del tío Frejolito?
Hoy ese amplio espectro de las diversas izquierdas –nacionalistas, internacionalistas, medioambientales, proéticas, militantes, activistas, socialistas– deben construir no solo la unidad sino un nuevo discurso que hable, que sea visible, que diga algo, más allá de la cháchara en sordina a que nos tienen acostumbrado el lenguaje de las ONGs, del desarrollismo, de lo jurídico, del feminismo. Mística: eso es lo que se requiere. Apelar al otro. Significar algo. Hablarle cara a cara y sin temores al peruano o a la peruana que votará por primera vez y que ha sobrevivido aprendiendo en la niñez a la despolitización de la sociedad. No subestimar a los jóvenes, por el contrario, exigirles que sean ellos los protagonistas de la nación.
Para eso por supuesto se requiere de vocación de poder. Pensar en elecciones, pero sobre todo, pensar en una recomposición de las formas de organizar la democracia. Y para eso es necesario radicalizar la democracia en el sentido más prístino posible: me refiero a participar efectivamente del gobierno a través de muchas formas de representación y acción. Lo que sucede es que este modelo, al que están tan acostumbrados los sectores populares que deben gestionar desde el agua hasta la luz, exigen del ciudadano/a. –¿“pobladores”?– dejar de lado la pasividad del voto cada cinco años. En un país profundamente autoritario, donde se prefiere dejar al “líder” la resolución de los problemas y la ejecución de las soluciones, la facilidad de vegetar como ciudadano abona una modorra política y moral que definitivamente está en las clases medias y medio-altas identificadas con un mundo ilusorio de consumo y servicios. Esa modorra es la otra cara de la moneda del boom del equipamiento del hogar, de las 4×4, de las casas de playa minimalistas. Esa modorra política no puede contagiar a todo el espectro social.
Como decía Friedrich Hölderlin, “los pueblos se amodorran pero el destino no deja que se duerman”. Así que, antes de que el destino nos lance su cubo de agua a los ojos, es preferible levantarse y pasar a la acción. Y si bien es cierto que se requiere revisar el sistema de partidos, e incluso, dejar una puerta abierta a los movimientos sociales organizados y a otro tipo de participación política no-partidaria, ahora más que nunca es necesario renovar el lenguaje de las diversas izquierdas. En un mundo donde lo abstracto deviene en inútil frente a lo mediático y visual, es necesario condensar el discurso, unificarlo, darle vida, fuerza, vitalidad, belleza, ligereza, eficacia. Descartar de una vez y para siempre aquellas palabras que por usadas y re-usadas, se vuelven retórica, y pierden definitivamente su color: “articulación”, “fuerzas progresistas”, “cambio”, sobre todo esta última, tan devaluada por ese antojadizo uso anaranjado.
Esta kolumna fue publicada en Domingo de La República el 21 de Febrero de 2010.
Posted: Febrero 22nd, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Cajón de los recuerdos | 1 Comment »
Los sábados son días raros: en el descanso a veces no sabemos qué hacer. Cuando era niña mi padre nos sacaba a pasear todos los sábados, era el día de la visita semanal permitida por el juez. Mi papá no tocaba el timbre de la casa: desde el carro nos tocaba el claxón con una señal característica. Si tuviera un claxón ahorita la repetiría, pero ninguna onomatopeya puede reproducir esa sensación ta/ tatatatata/ tatatatata/ tata… Como en los años 60 no había mucho dinero pero si mucha gasolina barata, nos íbamos a diversos sitios de la ciudad: al Puerto del Callao a ver los barcos, al aeropuerto para ver los aviones, al cementerio Presbítero Maestro para pasearnos entre las tumbas de personas importantes mientras mi papá nos explicaba por qué eran importantes esos señores, al Morro de Chorrillos a buscar la tumba de nuestro antecesor Miguel Iglesias, a La Herradura para que nos explique la continuidad de una ola tras otra, y cuando teníamos hambre, cruzábamos toda la ciudad para ir a La Molina, y en el Galax, comprarnos dos paquetes de Charadas.
De mayor seguí yendo todos los sábados a casa de mi padre, incluso cuando me casé con mi esposo de ese entonces, y luego cuando me divorcié, sola de nuevo, con mi niña pequeña que siempre jugaba con los fósiles de la escalera. Cuando llegaba a la 1 pm, más o menos, mi papá nos esperaba en una salita previa al comedor de diario, donde siempre infaltablemente había un trago, generalmente ron con coca-cola, whisky o su preferido y el mío, Fernet Branca con un chorrito de pisco y seven up. Comíamos maní o chizitos, y conversábamos de lo que sucedía durante la semana, de política, de nuevos descubrimientos científicos, o discutíamos de la posmodernidad o de Zizek o de Derrida, a quienes se resistía a leer. Mi padre era un hombre “moderno” en el sentido más ideológico del término, construyó su background durante los años 50, por lo tanto, romper con una serie de paradigmas epistemológicos declarados como científicos –sobre todo después de dedicarse a la antropología– le costó mucho trabajo. Hasta el final estuvo buscando, por ejemplo, las raíces científicas de la ética en el ser humano y por eso ensayó el texto El Primate responsable pues estaba convencido que la solidaridad y el cuidado del grupo formaban parte de nuestra biología. Por eso mismo leía con “fruición” –como él mismo me decía– a Steven Pinker o a Richard Dawkins o a los antropobiólogos que vinculan la cultura desde la raíz misma del bios.
Cuando pasábamos a la mesa, generalmente, mi papá hacía la concesión de hablar de cualquier cosa para que los demás comensales también nos entendieran, le contaba un poco mi semana, siempre asuntos laborales o de salud o de activismo en el que siempre estoy metida. No le contaba asuntos emocionales, personales, ni peleas. ¿Para qué? Si lo necesitaba, sabía que además de ser mi maestro y profesor de todos los sábados, era mi padre y le podía pedir que me diera su pañuelo mientras lloraba mis penas. Pero esos sábados, luego durante el café, nos quedábamos discutiendo horas, peleando incluso, porque él se aposentaba en su espacio de modernidad a toda prueba y me acusaba a mí de posmoderna. Para mi padre la verdad estaba en algún lugar, para mí la verdad es un constructo discursivo. Esas eran nuestras diferencias ahí en la sobremesa de todos los sábados por la tarde durante gran parte de mi vida. Y en esas discusiones, acaloradas incluso, nos encontrábamos más como padre e hija.
Desde hace tres años mis sábados son mustios. Intelectualmente no he encontrado un par como mi padre. Tengo grandes amigos, muy inteligentes, grandes conversadores, preparados, polémicos, incluso con un humor extraordinario con los que puedo hablar horas de horas –el mejor de todos está en París ahorita, y lo extraño como nunca– pero esa relación de maestro-discípula conteniendo la otra de padre-hija, no se va a repetir en mi vida nunca más. Sé que he sido muy privilegiada de tener un padre-maestro como el mío y quizás eso le debo yo a la vida. Es algo que debo devolver con la misma gracia que me fue dada.
Mi padre no vivió conmigo desde que se fue de la casa cuando yo tenía 5 años, pero la verdad, estuvo muy cerca de mí. Quizás lo extrañé mucho cuando iba a hacer la primera comunión y mi tío lo reemplazó para la foto, o cuando me enfermé y me llevaron a la clínica con los riñones a punto de colapsar, o cuando necesitaba que alquien me lea cuentos en la noche. Pero en mi adolescencia y juventud mi padre estuvo al lado de lo más importante en mi vida: el amor al conocimiento.
Ayer tuve un sábado terrible: me sentía extraña, apagada, queriendo dormir, soñé de nuevo las mismas pesadillas de mi infancia, las olas del mar saliendo para ahogarme, la mancha de sangre como huella de la putrefacción, los ladrones que entran a la casa a perseguirme sin que nadie me defienda. Tuve miedo. Lloré dormida. Pero en realidad, todo eso, todo lo malo y negativo y toda esa ansiedad, apenas fueron el abono de este recuerdo. Valieron la pena, quizás…
Creo que me debo algunos sábados diferentes.
La ilustración es del extraordinario video del holandés Michael Dudok de Wit.
Posted: Febrero 15th, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Kolumnas | No Comments »

Fragmento de cuadro de Marlene Dumas.
El domingo siempre es el día más cruel. A veces, cuando la luz del sol no sale, cuando todo se anega de una especie de charco húmedo y sucio, el domingo se convierte en un espacio tortuoso, un vacío fuera de la rutina que nos anestesia y nos salva, esa rutina laboral y semanal que nos aleja del asqueroso pantano de la depresión. Por eso mismo la depresión es dominguera. Para la depresión de verano, sobre todo, de un domingo que es 14 de febrero, no hay partidos de fútbol, ni ceremonias en la iglesia, ni sol ni cine ni playa ni juegos de los niños en el parque, ni cebiche ni pisco sour. La depresión acecha los domingos de la peor manera: por la espalda y sin chaleco antibalas.
Y tenemos miedo. Al borde del enamoramiento, al borde del desamor, al borde del aburrimiento: tenemos miedo una vez más porque simplemente estamos al borde. El abismo. La sima. La profundidad de un cañón. Aunque la última vez se haya sufrido demasiado, tanto que una se puede preguntar sin sarcasmo: ¡¿cómo era posible?! Una vez más extendemos las manos al cielo con los ojos apretados y con pánico a que el halcón del dolor hinque su pico y lo clave en el centro, pero las extendemos porque, en América Latina así como en otras partes del orbe, muchas mujeres somos unas hambrientas de amor. No con hambre sexual, ni siquiera con desesperación ni con ansiedad de bulímica, sino con una intranquilidad interior que nos roe poco a poco.
Y una puede llegarse a convencer de que hay seres humanos especialmente destinados a sentir el dolor: una sensibilidad especial que lo percibe todo, como una antena, para encontrar espacios de dolor en los otros y creer que se pueden volver una amenaza contra nosotros mismos. Pero eso es imposible porque el dolor es innombrable, es incomunicable, no se puede asir jamás excepto como una vibración extraña. Algo como una corriente eléctrica en la zona derecha del cerebro. Algo como un temblor en los dedos. Algo como ese sabor salado de las lágrimas.
¿En el día del amor cuántas mujeres recorrerán las cicatrices que sus amores les han dejado sobre el cuerpo para recapacitar sobre sus propias vidas?, ¿en el día del amor cuántas mujeres se atreverán a decirse a sí mismas que, ese hombre, maltratador, mentiroso, sacavueltero, no es necesariamente el sapo que al besarlo se convierte en príncipe? ¡Ay qué de sapos hemos besado en nuestras vidas! ¿En el día del amor qué mujer podrá poner encima de esa necesidad de protección y de pareja la dignidad para decir basta a la agresión, basta al chantaje sexual, basta a los malos tratos psicológicos? Esa mujer, la que diga basta de una vez, la que sobre las cenizas de todo lo vivido, sobre el abismo del pánico, pueda sobrevolar con miedo sobre las puntas de sus pies, esa mujer se habrá salvado y habrá salvado a sus compañeras. En el día del amor no es posible pensar que el amor masacra, destruye, arruina, devasta, arrasa como un huaico cortando toda comunicación a su paso, porque el amor es siempre construcción y nunca tener que pedir perdón.
Esta kolumna ha sido publicada el 14 de Febrero de 2010 en La República, en el día de los enamorados y del año nuevo chino: Año del Tigre de Metal.
Posted: Febrero 10th, 2010 | Author: Rocío Silva Santisteban | Filed under: Artículos | Tags: foto poesía chile poetas | 1 Comment »
En 1945 la poeta chilena Gabriela Mistral recibió el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo y se convirtió en la primera y única latinoamericana con ese galardón. En Chile es considerada casi como la Madre de la Patria, por eso mismo, la publicación del epistolario completo que le enviara a su secretaria y albacea literaria, Doris Dana, se convirtió en el escándalo del año por la revelación que procuran las cartas. Sin duda alguna, digan lo que digan, entre ambas hubo una pasión que hoy y siempre ha tenido un solo nombre: amor.

Doris Dana y Gabriela Mistral en Estados Unidos.
“Yo quiero verte luz mía, claridad de mis ojos, único gozo mío, sostén de mi torpeza y mi invalidez y mi sonambulismo. Tú eres mi único apoyo en este mundo y mi única razón de vivir. Óyelo, óyelo, no me falles […] Te beso, te espero, te busco y te tengo, Tu Gabriela”. Esta carta de 1949, sin fecha exacta, es una muestra de las decenas de cartas que durante 10 años le escribiera la escritora a su secretaria y albacea literaria, la traductora y crítica neoyorquina Doris Dana, dejando en claro que la relación entre ambas era de un compañerismo permanente, pero sobre todo, de una pasión desenfrenada. Mistral, casi considerada como el ícono de la severa directora de colegio, de la impoluta mujer de letras, de la rígida matrona respetada y temida, se muestra con una fragilidad muy humana frente a esta pasión avasalladora del amor prohibido.
El año pasado estas cartas fueron publicadas por el famoso editor chileno Pedro Pablo Zegers en un libro titulado Niña errante. Las cartas están precedidas de un prólogo de Zegers, pero lo más importante, de un epílogo de Doris Atkinson, sobrina y heredera de Doris Dana, la mujer que decidió después de cincuenta años, revelar la historia secreta de la Premio Nobel. En el texto Atkinson no hace ningún tipo de interpretación de las cartas pero revela algunos aspectos de la personalidad de Dana: más allá de su aislamiento en Naples, Florida, la traductora era alcohólica y maniaco-depresiva, aunque como sostiene la propia Atkinson, “la mujer que yo conocí no era la mujer que conoció Gabriela Mistral”. Doris Dana murió a los 86 años el 2006; su juventud y belleza, pero, sobre todo, su temperamento y su calidad de mujer ilustrada, sedujeron a Mistral durante los últimos diez años de su vida. Como ella ha dicho: “amor mío, no seas loca, no te pongas a desvariar. Un mueble de tu apartamento, la fruta que comes, las uñas de tus manos, no son más tuyos que yo…”.
Mistral tuvo varias relaciones con otras mujeres previas a la de Doris Dana. La periodista chilena Patricia Rey y el investigador Francisco Casas llegan a la conclusión de que la primera relación lésbica de Gabriela Mistral fue con la escultora chilena Laura Rodig, con quien viajó a México en 1922, en donde conoció a Palma Guillén, intelectual chilanga, quien posteriormente se convertiría en compañera de Mistral durante casi veinte años. Guillén fue muy importante para Mistral pues entre las dos criaron a Juan Miguel Godoy, sobrino de Gabriela y apodado por la poeta como Yin Yin, hasta 1943 cuando el adolescente se suicidó en Brasilia. Ambas se recriminaron culpándose mutuamente de la muerte de Yin Yin, lo que motivó el rompimiento. Sin embargo, Palma Guillén se mantuvo siempre cerca de Gabriela Mistral y la apoyó en innumerables ocasiones. Doris Dana en el año 2000 reveló que en realidad Yin Yin era hijo biológico de Gabriela Mistral con un francés cuyo nombre se ha olvidado para siempre. Los poemas inéditos que escribiera Gabriela Mistral sobre la muerte de su hijo oculto forman parte del legado de 44 mil documentos que Doris Atkinson ha transferido a la Biblioteca Nacional de Chile.
¿Por qué han resultado chocantes estas cartas? Básicamente porque se traen abajo el mito Gabriela Mistral. Como sostiene Licia Fiol-Matta, académica portorriqueña que ha publicado The Queer Mother of the Nation: the State and Gabriela Mistral, “ese mito surge en un momento peculiar de la formación del Estado. La escuela era una institución que era preciso consolidar. La sociedad industrial requería de trabajadores que tuviesen cierto grado de educación, de lectura, de escritura, y la imagen de Gabriela Mistral fue fundamental en eso. Pero ese mito terminará afectándola”. Pues Mistral no solo oculta a su hijo biológico sino incluso a sus diversas amantes y, además, se exilia en un peregrinaje permanente, y pasa de México D.F. a California, de Nápoles a Veracruz, de La Habana a Nueva York, donde finalmente muere, en una casa de Roslyn Harbor, con huerta como ella siempre soñó.
¿Es importante el dato biográfico sobre las preferencias sexuales de Gabriela Mistral para entender su poesía? No necesariamente, todo depende del cristal con que se mire, como diría Campoamor. Pero sí es relevante saber que, aun después de cincuenta años de su desaparición física, los conservadores mistralianos se niegan a reconocer que entre Doris y Gabriela existía una pasión: “Yo creo que aquí hay testimonio de una muy sentida amistad”, ha dicho Jaime Quezada, director de la Fundación Premio Nobel Gabriela Mistral. ¿Amistad? ¡Pero si los vocativos de las cartas van desde “mi amor, vida mía, dear, preciosa” hasta los saludos de despedida como “para que la lluvia y el viento puedan abrazarte y besarte por mí”! Es cierto que la propia Doris Dana evadió el tema cada vez que pudo: “¿Por qué colocarla dentro de una caja tan pequeña?, le contestó a Elizabeth Horan cuando le preguntó si Mistral era lesbiana. Quizás pesó sobre su conciencia el hecho de que la propia Mistral se autoexiliara debido a los chismes y la maledicencia de la época sobre su propia condición. Lo que sí resulta patético es que algunos críticos sigan negando lo innegable: el prejuicio y la homofobia han sobrevivido incluso a la propia poesía de Mistral, que ahora salta a las páginas de los periódicos, pero que hace poco no se recordaba sino solo en los versos paporreteados de Lagar.
Este artículo ha sido publicado en Domingo de La República el domingo 31 de enero de 2010.
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